A las dependientas del-montón-del-Bershka no les gusto.
Muchas de ellas son muy feas, pero no les gusto. Llegué a esta conclusión yo
solo una buena tarde.
No me preguntéis por qué, pero una vez fui a comprarme unos
pantalones a un Bershka. De hecho, tuve suerte
y entré sin estar apuntado en ninguna lista VIP. El segurata no me puso pegas
por mis zapatos ni por mi camiseta. Vaya musicón, menudo ambientazo que había
en la puta tienda. El Space de Ibiza es Disney al lado de un Bershka a las 6 de
la tarde.
No podía distraerme porque un tío no debe distraerse en una
tienda, es algo genético, y fui directo a por unos pantalones al probador y a
caja. Ya mientras me los estaba probando la boca y el cuerpo me pedía algo que
me resultaba familiar. Coño. O sea, coño no me pedían, eso es una expresión. ¡Joder!
¡Me pedían alcohol! Es ahí cuando descubrí que mi cuerpo no entiende de
horarios y lo que quería era un puto gin tonic. Con un Bombay me conformaba.
Pensé que como futuro blogger debía de hacerlo para poder morir tranquilo, y
ahí que iba yo a caja con mis pantalones y una frase preparada.
La dependienta de caja, con cara de rancia, cogió mis
pantalones. Les quitó la alarma y al pasarlo por debajo del lector apareció el
precio en pantalla.
“¿Sólo esto?”
“Y un gin tonic, por
favor.”
Es ahí cuando me sentí el más guay del mundo por pedir un
gin tonic en un Bershka, me sentía el amo. Pero me duró poco. Se ve que su cara
de rancia podía mejorarla y poner aún más cara de rancia-mal-follá, ni me miró
y se limitó a decir “19,90”.
Conclusión de la jornada: las dependientas del Bershka están
hasta la polla de que les pidan cubatas en caja.
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