¡Me ha recibido con un beso! Le he hecho un poco la cobra, lo ha notado y
se ha puesto un poco nerviosa. “Dime lo que me tengas que decir, ¡dímelo!”.
Justo en ese momento, en el minuto 0:32 de cita, ya me había cagado vivo.
Pensaba que tenía un cuchillo o algo debajo del abrigo y Sullivan había llegado
a su fin. El PowerPoint de mi vida ya empezaba a pasar. Yo la intentaba
tranquilizar diciéndole que no pasaba nada, que entrara en la cafetería y que
hablaríamos todo lo que teníamos hablar.
En “Maneras de dejar” debería haber un apartado dónde te
explicara las maneras idóneas para presentarse a una cita de este tipo. Es
decir, si vas a dejar una relación (dile rollo, dile novia, dile algo), no
puedes ir justo después de quedar con un amigo para comer y estar todo el rato
que si jiji que si jaja que feo el chocho, no pasar por
casa y llegar al sitio en cuestión cagándote que parezca que estés a punto de
parir una bestia inmunda. Uno tiene que llegar meado, cagado y follado. Esto me
ha hecho estar más incómodo de lo que la situación requería y parecía que tenía
el baile de San Vito en la silla.
Necesitaba que fuera rápido, un pimpam
que me dejara la tarde libre y pensar “Menudo peso que me he quitado”. Nos
hemos sentado en la cafetería y ha venido la camarera. “¿Qué os pongo?” Joder, pero
que buena está la camarera. “Cortado, descafeinado, corto, muy corto, MUY
corto” No hay nada más pequeño, ¿no? “Yo voy a querer un café con leche, en
taza grande, y ponme un cruasán y una ensaimada de esas que hay allí”. Toma ya.
Cojones, son las 4 y pico de la tarde, ¿Es tu postre? La tía no pilló mi
indirecta de café mega-corto y su último deseo fue una merendola que podía
durar hasta las 10 de la noche. Venga ánimos, has estado en situaciones peores.
Por favor, por favor, que alguien me llame con una emergencia. Ahí es donde me
di cuenta que tengo unos amigos muy cabrones que no me llaman en situaciones
desesperadas, y sólo lo hacen cuando se aburren. Daros por aludidos.
Se ve que en ese rato hubo algún cambio en el espacio-tiempo, algún tipo de
agujero negro en el universo, culpable de que los minutos fueran lentos.
Al principio la conversación era de ascensor. Que qué calor de golpe hace,
que donde había aparcado, que me alegro que no lleves un cuchillo debajo del
abrigo… No, esta última sólo la pensé. Pero estuve a punto de decirlo. Para
cortar el hielo. Se pilla, ¿no?
Fue dar el primer sorbo al cortado y acordarme que beberme eso sería como
tomarme un laxante de caballo. Pensé “Bah, así tiene más emoción la cosa”.
Puedo deciros que no es fácil soltar un discurso más o menos FCR
(Facilón-Recurrente-Creíble) y aquello en tu estómago queriendo salir. Pero lo
he logrado. Y en media hora.
Evidentemente no se lo ha tomado bien, pero aparte de ella, quien no ha
salido bien parado es mi coche. Cuando ha bajado, no ha dicho nada, ha cogido
todas las fuerzas que tenía almacenadas y ha pegado el portazo más grande de la
historia. Como ya iréis conociéndolo, el Sulli-coche no es muy grande, y es más
de ñigui-ñogui que otra cosa. Pues aquello ha retumbado de una manera que creía
que daba una vuelta de campana. A punto de llamar al RACC he estado. A lo que ha salido mi incontinencia verbal (ya
que siempre sale en los momentos más inoportunos y hoy no era una excepción) y
le he gritado “¿¿¿HAS CERRAO’???”. Por
suerte tenía las ventanillas cerradas y no me ha oído.
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