jueves, 23 de febrero de 2012

A otra cosa, mariposa


¡Me ha recibido con un beso! Le he hecho un poco la cobra, lo ha notado y se ha puesto un poco nerviosa. “Dime lo que me tengas que decir, ¡dímelo!”. Justo en ese momento, en el minuto 0:32 de cita, ya me había cagado vivo. Pensaba que tenía un cuchillo o algo debajo del abrigo y Sullivan había llegado a su fin. El PowerPoint de mi vida ya empezaba a pasar. Yo la intentaba tranquilizar diciéndole que no pasaba nada, que entrara en la cafetería y que hablaríamos todo lo que teníamos hablar.

En “Maneras de dejar debería haber un apartado dónde te explicara las maneras idóneas para presentarse a una cita de este tipo. Es decir, si vas a dejar una relación (dile rollo, dile novia, dile algo), no puedes ir justo después de quedar con un amigo para comer y estar todo el rato que si jiji que si jaja que feo el chocho, no pasar por casa y llegar al sitio en cuestión cagándote que parezca que estés a punto de parir una bestia inmunda. Uno tiene que llegar meado, cagado y follado. Esto me ha hecho estar más incómodo de lo que la situación requería y parecía que tenía el baile de San Vito en la silla.

Necesitaba que fuera rápido, un pimpam que me dejara la tarde libre y pensar “Menudo peso que me he quitado”. Nos hemos sentado en la cafetería y ha venido la camarera. “¿Qué os pongo?” Joder, pero que buena está la camarera. “Cortado, descafeinado, corto, muy corto, MUY corto” No hay nada más pequeño, ¿no? “Yo voy a querer un café con leche, en taza grande, y ponme un cruasán y una ensaimada de esas que hay allí”. Toma ya.

Cojones, son las 4 y pico de la tarde, ¿Es tu postre? La tía no pilló mi indirecta de café mega-corto y su último deseo fue una merendola que podía durar hasta las 10 de la noche. Venga ánimos, has estado en situaciones peores. Por favor, por favor, que alguien me llame con una emergencia. Ahí es donde me di cuenta que tengo unos amigos muy cabrones que no me llaman en situaciones desesperadas, y sólo lo hacen cuando se aburren. Daros por aludidos.
Se ve que en ese rato hubo algún cambio en el espacio-tiempo, algún tipo de agujero negro en el universo, culpable de que los minutos fueran lentos.

Al principio la conversación era de ascensor. Que qué calor de golpe hace, que donde había aparcado, que me alegro que no lleves un cuchillo debajo del abrigo… No, esta última sólo la pensé. Pero estuve a punto de decirlo. Para cortar el hielo. Se pilla, ¿no?

Fue dar el primer sorbo al cortado y acordarme que beberme eso sería como tomarme un laxante de caballo. Pensé “Bah, así tiene más emoción la cosa”.

Puedo deciros que no es fácil soltar un discurso más o menos FCR (Facilón-Recurrente-Creíble) y aquello en tu estómago queriendo salir. Pero lo he logrado. Y en media hora.

Evidentemente no se lo ha tomado bien, pero aparte de ella, quien no ha salido bien parado es mi coche. Cuando ha bajado, no ha dicho nada, ha cogido todas las fuerzas que tenía almacenadas y ha pegado el portazo más grande de la historia. Como ya iréis conociéndolo, el Sulli-coche no es muy grande, y es más de ñigui-ñogui que otra cosa. Pues aquello ha retumbado de una manera que creía que daba una vuelta de campana. A punto de llamar al RACC he estado.  A lo que ha salido mi incontinencia verbal (ya que siempre sale en los momentos más inoportunos y hoy no era una excepción) y le he gritado “¿¿¿HAS CERRAO’???”.  Por suerte tenía las ventanillas cerradas y no me ha oído. 

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